He asistido a mi funeral dos o tres veces en el correr de mi vida, posiblemente más, pero algunos me los he perdido.
Recuerdo en especial esos dos o tres porque recuerdo vívidamente la muerte, esas paredes del infierno en donde habitaba en aquellos tiempos tan sombríos donde despertaba cada uno de esos días, el lugar más desolador y angustiante en que he vivido.
Sí, mi muerte, cuando estaba viva. No se parece a un jardín en primavera en un día cálido y soleado. Es la caldera del diablo, es el volcán donde se revuelcan los cuerpos maltratados y mutilados, las almas destrozadas y las mentes agotadas. Recuerdo, también, porque recuerdo lo oscuro, recuerdo lo frío y débil que se sentían mis huesos y lo sofocante de toda esa atmósfera.
No me imagino a mi misma sin haber muerto, no me imagino sin haber vivido todo ese dolor.
No me imagino sin esas pérdidas, sin esos desengaños.Soy el resultado, mi resurrección, cada una de ellas. El cúmulo de todo lo bueno y todo lo malo.
Mi cuerpo es el resultante de cada cosa que vino conmigo y de todo aquello a lo que estuvo expuesto, que lo marcó interna y externamente.
Soy, al igual que todos, lo que queda de todo lo que me enseñaron aquellas heridas de muerte.
A menudo tendemos a lamentarnos, a pensar en lo dichosa que hubiera sido nuestra vida sin aquellas cosas que nos hirieron tanto. Creo que no es importante detenerse en ello, simplemente las cosas no sucedieron así.
Alguien a quien quisimos mucho se ha ido, alguien a quien entregamos lo mejor de nosotros nos ha herido, hemos asistido sin la menor intención a cosas terriblemente injustas o hemos sufrido las injusticias de alguien a quien hemos querido profundamente.
Creo ser una mejor versión de mí por todas aquellas cosas que me enseñó el dolor, no sería yo si no hubiera muerto cada vez que tuve que morir, ya sea porque no era lo suficientemente fuerte o lo suficientemente inteligente para procesar más sabiamente aquellos puñales que se retorcían en mi estómago, la patada que me aplastaba el pecho y las manos que me asfixiaban la garganta; o, simplemente, porque hay cosas que simplemente vienen y te aniquilan, que no hay manera de no caer de rodillas ante esas cosas que te tiran al suelo como si toda la fuerza de nuestra personalidad fuera tan delgada y débil como un fino trozo de papel que cae al suelo sin posibilidad de resistencia.
Simplemente, no importa haber muerto.
Vivir sea, posiblemente, el resultado de muchas muertes y resurrecciones y de todo aquello que sucede en medio, en este camino desde el punto a al punto b, que está minado por todas aquellas pequeñas y grandes cosas bellas que pasan entre medio.
Acepto, serena y conscientemente, todas las heridas.
No importa, vivir es, también , procesar, aprender, mutación.
Tu y yo somos eso: resultado.
Como procesamos esas heridas de muerte será, posiblemente, lo que nos haga menos o más felices cuando doblemos la siguiente esquina o nos enfrentemos a la siguiente muerte.
Muy buen aporte. Gracias por compartirlo.