A veces me gusta caminar por la costa, ciudad a un lado y río al otro. Es común ver en estas costas a quienes salen a caminar, correr, andar en bicicleta, patinar, entre otras tantas maneras de trasladarse o recrearse en las tardes calurosas. Hoy, ya entrado el otoño y avanzada la tarde no está tan concurrido, sobre la hora del té y de pleno movimiento curricular y laboral menos aún.
Yo y mi libertad volvimos a ésta, mi ciudad, luego de algunas semanas de ausencia a disfrutar de ésta simpleza. Tiene ese toque mágico de lo simple que, si haces silencio y miras con atención, te puede sorprender. Hoy me gustó volver a llenar mis pulmones de oxígeno, sentir éste olor a río que empieza a galopar, ver estas nubes que presagian posibles tormentas y éste viento que empieza a golpear en direcciones diversas.
Qué lindo es ésto y que simple.
Los autos van a un costado, apurados, parece que las nubes asustan a los automovilistas; o quizás sea ese enigmático apuro que los empuja siempre del punto a al punto b, como seres sin raciocinio. Yo voy lento y sin reloj, al igual que he ido toda mi vida; hoy está amarillo, no es tarde despejada, no es noche oscura, es esa ventana del tiempo donde en las puertas de la noche la tarde cálida cargada de tormenta brilla.
Sin miedo, seguí caminando, después de todo hace semanas extraño ésta soledad, hace mucho que no siento éste aroma y creo que tendré tiempo para volver a casa antes de que llegue el temporal.
Los pocos que caminaban cerca están desapareciendo rápidamente, no tengo tiempo de ver dónde van, como si algo desconocido los hubiera llevado lejos súbitamente. ¿Será por las dos gotas de lluvia que mojaron el pavimento? Pensé que seguramente me estaba aproximando a una hora en que la gente iba a algún lado, no sé, aún no es noche y este color del día es como estar dentro de una pintura hermosa de algún pintor enamorado. Continúo, el viento empieza a bailar, algún tiempo después, escucho tambores en el cielo, y viento, y gotas de lluvia. Entonces pensé, debo regresar, de lo contrario llegará la lluvia y voy a mojarme, no llegaré a mi punto b o c, cualquiera que fuera el punto en que iba a pensar dar la vuelta, ya es hora de volver atrás.
Me sorprendió la tormenta, y yo, que sólo estaba caminando por el simple placer de hacerlo, dejé que me abordara.
En el camino de regreso se desencadenó esa lluvia torrencial, que empezó lento durante los primeros cientos de metros y que luego se descargó. Un enorme aluvión empezó a caer, empapando todo lo que yacía debajo de él, allí también estaba yo. No vi a nadie más caminando, vi las esquinas vacías, nadie esperaba para cruzar la calle, ni siquiera corrían, habían desaparecido a la perfección, evitando cualquier posibilidad de cruzarse con ella. Me sorprendí de ver que en algunos kilómetros vi apenas a unos pocos con paraguas, quizás dos o tres, la mayor presencia humana fueron los porteros de los edificios que del lado de enfrente a la costa, protegidos por los gigantes de cemento y vidrio, me miraban pasar. Probablemente los automovilistas al igual que los porteros me vieran con cierta preocupación o tristeza al ver que poco a poco iba, literalmente, empapando mi humanidad. No quedó un espacio de mi que no fuera alcanzada por esa lluvia. No corrí, iba camino a casa pero no estaba huyendo. Hacía mucho tiempo que no me tocaba disfrutar de un momento como éste.
Si lo hubiera planeado no habría sido tan perfecto. El aire estaba penetrado por un tul blanco que atravesaba su ser en millones de partes, hacia adelante todo era traslucido y blanco con dibujos de fondo de formas conocidas para gente de ciudad, música de sonar de tambores en el cielo, una luz amarilla rosácea teñía todo… y yo, goteando toda esta belleza. Disfruté cada segundo, fui a una experiencia natural y volví aún más feliz. Cuando llegué a casa, goteando cada centímetro de mí, simplemente sonreía. Creo que a menudo nos olvidamos de la lluvia, por suerte, la lluvia no se olvida de mí.