A veces, una tristeza sin nombre baja como un telón frente a mis ojos.
Como una ola inmensa que empieza a romper sobre mí y se desliza, empampa mi cuerpo, llega a mis pies y esa espuma blanca y fría se desparrama y luego llega otra ola y otra.
A veces es una explosión de agujas que salen como estampida en todas las direcciones y dimensiones y esas infinitas agujas cortan mi carne, desde adentro, rasgan mi piel y buscan el camino hacia afuera, hacia abajo, hacia la punta de mis de mis dedos, hacia adentro, hacia el centro de mi pecho, rompiendo todo al paso y saliendo por mi boca.
Se dobla, mi carne se dobla.
Yo me desparramo.
Un maestro de la tortura tuvo que ser el genio que construyó toda esta mágica, escalofriante, colosal, delicada y anormal vida.
Seres capaces de arruinar vidas, realidades. Capaces de destrozar con minas internas colocadas en nuestras almas, pérdidas, dolores, torturas, indescriptibles y tortuosas cadenas de sufrimiento.
Mixtura extraña, caldo espeso, ácido de maravillosa corrosión que seduce en su expresión.
Veo tanto dolor, simplemente se clava en mi, simplemente hace lo que mejor sabe hacer, destrozar, matar sin matarte para que contemplemos nuestra desgracia.
Ella, él, allá, acá, al costado, en otro idioma, en otra raza, en otra edad, con otros sueños, de los que ya no tienen sueños, de los sin voz.
¿Qué hicimos, qué nos estamos haciendo, qué les estamos haciendo?
¿Qué nos pasó, por qué?
Solo somos hombres y, ¿por qué? Por qué no somos todos felices, por qué no todos tienen esperanza, por qué han robado los sueños de otros, que boca dio derecho a callar la voz de otra boca.
Por que estamos tan perdidos…